El diálogo con la dictadura castrista

Se reportó recientemente en la prensa que la organización norteamericana Brookings Institution envió hace días un comité a Cuba para estudiar un acercamiento con el régimen. Entre las personas que acompañó al grupo figura uno de los más reconocidos industriales del exilio cubano, el señor Alfy Fanjul y Gómez Mena. Indica el artículo que este augusto caballero apoya el diálogo con la dictadura castrista y nos invita a todos a asumir la misma postura.

Compartiré mi punto de vista sobre este asunto como lo hice anoche en un correo electrónico a un grupo de amigos que exponían el suyo tomándome la libertad de ampliar y editar aquí partes de mi escrito original. En el intercambio de correos algunos se mantenían callados ante la noticia porque afortunadamente no todos somos iguales y muchos prefieren obrar en silencio. Como a mí me gusta escribir, aprovecho la ocasión para publicarme en este Blog que utilizo para que mis nietos, pequeños hoy, en un futuro tengan alguna idea de quien era su abuelo, como pensaba y cuáles temas le interesaban mientras ellos crecían. 

Reconociendo que soy dueño de lo que callo y esclavo de lo que digo, prefiero compartir francamente aquí con los que tengan tiempo. Cierto es que al salir de Cuba no perdí ningún bien material porque si había algo de la familia en ese momento, no era mío y tal vez nunca lo hubiera llegado a ser si en el transcurso de la vida de mis abuelos y de mis padres se hubieran utilizado cualesquiera que fueran dichos bienes para vivir, como ha sido el caso de los bienes míos propios, ganados con el sudor de mi frente y empleados todos en este paso por la vida que viene llegando ya a su inevitable fin con más velocidad de lo anticipado cuando joven. No conozco ni puedo imaginarme siquiera lo que significaría para un Alfy Fanjul y Gómez Mena el recobrar las colonias y los ingenios que su abuelo materno le hubiera pasado de herencia al fallecer. Por no haber conocido al caballero progenitor, asumo que era hombre honrado y por eso pienso que de conocer el viejo Gómez Mena la postura actual de su nieto ante el régimen que esclaviza, tortura, asesina, y viola los derechos de todos los ciudadanos en la isla, es razonable asumir que lo hubiera dejado fuera del testamento.

Asevero que cumplí mis catorce años de edad en el exilio en el año 61 y fui uno de los más de catorce mil jóvenes y niños que salimos de Cuba por los vuelos Peter Pan. Como pocos otros, tuve la suerte de reunirme a mi llegada con un tío materno que había salido de Cuba con su familia a principios del año 60 después que Che Guevara interviniera la fábrica que con un socio en Camagüey había construido y puesto a funcionar. Me acogieron enseguida aquí en Miami y me educaron como uno más de los otros cuatro suyos, con amor, bondad y mucho trabajo.

Tal vez ya por mi edad, con frecuencia revivo estampas de una Cuba que todavía encierro en mis recuerdos. Me invade la morriña del suelo patrio más veces de lo que quisiera aún después de tantos años. Pero lo que me entristece más de estos recuerdos es el haber crecido y haber cursado una vida entera lejos de mi país, del seno familiar entre abuelos, tíos y familiares cuyas vidas dejé atrás y nunca más volví a compartir. Me ahoga la pena de no haber estudiado el idioma de mis abuelos españoles y cubanos con mis compañeros de toda una vida—por breve que parezca desde esta orilla–, con mis maestros, dentro de nuestra tradición familiar y cultural.

Me causa una pena inexplicable no poder manejar mi lengua como lo hicieron tantísimas generaciones antes que yo. No conocí la Universidad de La Habana, ni el bachillerato ni el trabajo logrado en mi propio suelo. Siempre eché de menos conocer la gran mayoría de los monumentos nacionales, las provincias una a una, sus valles y sus playas, los bohíos y los guateques, los bateyes y las zafras, los ingenios y el olor de la manigua, el color de la tierra y el sonido de la lluvia en el suelo cubano.

El amor a Cuba lo absorbí de niño en el patio central de los colegios a los que asistí, con las juras de la bandera, pero ese amor patrio se amplió y se afianzó aún más desde aquí, en el exilio, cuando me parecían pocas las oportunidades para conocer y hacerme de las obras publicadas por escritores cubanos ilustres, Varela, Arango y Parreño, de la Luz y Caballero, Saco, Heredia, Avellaneda, Martí, Mañach, Lezama, Cabrera Infante, hasta las de Mirta Aguirre y Alejo Carpentier; admiré la pluma de Medrano, la de Rivero y la de tantos otros que en su mayoría sufrieron el mismo destino, el mismo destierro, la misma enajenación a la que nos vimos forzados por saciar la sed de libertad que nos lanzó fuera de nuestro entorno y nos depositó aquí o allí o más allá, pero lejos de nuestra patria a millones que conllevamos tantas vivencias sin compartir con los que más contaban en nuestra niñez que no pudieron acompañarnos en nuestra juventud truncada y maltrecha aunque en su mayoría fue llevadera y más o menos feliz y próspera pero siempre libre.  

Todos hemos sobrellevado nuestro duelo interno y sobrevivido los embates del enemigo. Hemos formado y criado familias propias que ya hoy nos hacen abuelos. Hemos triunfado profesionalmente todos, cada uno a su medida pero en tierra libre. Todos formamos parte de la historia común del exilio, en sí fuente de orgullo patrio también, que desde tierras lejanas espera, soporta, y mayormente en silencio se mantiene al tanto de los horrores que abaten nuestra patria. Sin duda, siempre mantuvimos y aún sostenemos como meta inconfundible la libertad de Cuba; el regreso a una Cuba libre; la restauración de la justicia en Cuba y añoramos contribuir al fomento de la economía y de la prosperidad en el suelo cubano.

Sólo que en lo que a mí y otros muchos como yo respecta, nada a expensas del honor. No si hay que perturbar más nuestra existencia sentándonos en una mesa a dialogar con el monstruo que destruyó nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestro patrimonio nacional, nuestro suelo, y nos lanzó al exilio. No si a cambio de una promesa falsa de bienestar financiero tenemos que traicionar a todos los demás exiliados, colegas legionarios en una lucha que abarca ya más de cinco décadas.

Posiblemente estuviéramos dispuestos a tratar con figuras que ni vivían cuando salimos de la isla ni se burlaron de nuestras penas cuando fusilaron a nuestros compañeros de la escuela, a nuestros vecinos, a los hijos de los amigos de nuestros padres y a los nietos de los amigos de nuestros abuelos, a cualquiera de los hijos de nuestra patria que dio su vida por la causa de la libertad en Cuba. No hay dinero que compre nuestro silencio ni nuestra tácita aceptación de los años perdidos. No hay capital que retribuya nuestra pena. Nuestro honor no tiene precio. García Lorca explica que “el honor se lava con sangre,” y Martí enseña que “la patria es ara, no pedestal.”

 A la Brookings Institution, cuya mediación envuelve actos y acciones estrictamente para el beneficio de este gran país, le tolero con agravio su visita pero no me convence su acercamiento al déspota porque ninguno de los integrantes del comité visitador hoy sufrió en carne propia lo que venimos sufriendo los cubanos desde hace más de 53 años; los considero “fellow travelers.” Al señor Alfy Fanjul y Gómez Mena no se lo perdono; es más, levanto la mano para que me reconozca y sepa que lo considero desde hoy aliado de la dictadura. Quiero que sepa que prefiero morir paupérrimo que traicionar la memoria de mis abuelos, de mis tíos, y de mi padre que padecieron honrosamente esta devastadora experiencia familiar pero fallecieron con la esperanza de un futuro libre en una Cuba honrada y próspera.

About Francisco

Born in Cuba; political exile; American by choice; polyglot; father of four, grandfather of two; occupationally semi-retired; reader; writer; lover of mankind and nature; searcher of truths; hungry for wisdom; open-minded; romantic realist; critical thinker, enemy of despotism, government abuse, and inequality; believer and faithful; social liberal, fiscal conservative; in a quest to unmask the hypocrisy and the corruption enslaving overwhelming numbers of God's creatures around the world.
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One Response to El diálogo con la dictadura castrista

  1. Estimado compatriota, celebro su clara prosa y hondo sentimiento. La Brookings no es un club de inocentes. Me apena que tantos jovencitos y ninos no llegaron a saber lo que era la hoy cruelmente destruida Republica Cubana: excepcional en Iberoamerica y digna de admiracion, pues su progreso era grande, y mayor aun su potencial. Sigamos listos para ayudar a que resurja de sus ruinas. PATRIA Y LIBERTAD. ===================

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