Una experiencia esclarecedora

Empezó con un calambre que radiaba del centro del pecho hacia el hombro izquierdo pero se me ocurrió toser fuertemente y se me quitó. Días después me desperté pasada la medianoche molesto porque el calambre me había despertado. Por suerte tenía en la gaveta de la mesa de noche el vibrador que uso para masajearme los nudos de la espalda y las piernas. Lo saqué, lo conecté y me lo apliqué al pecho primero vibrando con suavidad y luego con mayor fuerza hasta que deslizándolo en la misma dirección de la ola del calambre hacia el hombro izquierdo se fue disipando el malestar.

Estuve varios días sin preocuparme del asunto. Me senté a almorzar. Almorcé tranquilamente y estaba saboreando el postre cuando me volvió a sorprender el calambre. Solo que ya no era una ola sino un terremoto hacia el hombro izquierdo y se bajaba por el brazo.

Esa mañana había pensado hacer una cita con el dentista. Desde hacía un par de días un cordal me venía dando guerra. Pensé que iban a tener que extraerlo porque ya meses antes me habían hecho un tratamiento de conducto que para mí en mi lenguaje cotidiano espanglés es un root canal. Suponía que iba a ser dolorosa la extracción y lo pospuse hasta que ya no me quedara otra. El malestar en esa muela iba incrementándose gradualmente hasta que era imposible ignorar la necesidad de resolverlo una vez por todas.

¡Qué sorpresa cuando sentado delante de mi helado de chocolate y mientras me llevaba la cuchara a la boca con el goce anticipado del sabor a chocolate en las papilas se me reunieron el calambre que irradiaba hacia el hombro, la sensación de un dolor que bajaba hasta el brazo y el dolor fortísimo del cordal inferior izquierdo! De repente se me iluminó el entendimiento y todas las imágenes que me habían pasado por delante en correos electrónicos enviados por amistades y familiares con la mejor intención de informar me paralizaron el trayecto del plato a la boca. Repuse la cuchara en el plato cuidadosamente para pedirle a Raquel, la señora que con gran cariño y dedicación acompaña a mi madre unas horas diariamente, que se apurara a llevarla a su cuarto para que no se alarmara sin motivo mientras yo dilucidaba si lo que me temía era cierto.

Inmediatamente llamé a mi cardiólogo, un amigo de más de 40 años. Le pedí disculpas por molestarlo y le expliqué que quería evaluar si lo que me ocurría era un ataque de hipocondría sin importancia o si era en realidad algo de atender inmediatamente. Al describirle con detalles lo que sentía, me dijo que colgara para llamar al servicio de emergencias y que me llevaran al hospital más cercano.

Así hice. Para que mi madre de 96 años no se asustara, me encerré en el baño, bien apartado de su audición. Marqué el número correspondiente y tratando de no agitarme, con mucha parsimonia me identifiqué a la operadora con nombre, apellido, fecha de nacimiento y dirección domiciliar explicándole que estaba muy seguro de estar sufriendo un ataque al corazón en ese momento. En medio de esta breve conversación telefónica, me tuve que sentar en la tasa del inodoro porque me dio un fuerte dolor de estómago. Es lo último que retengo en la memoria. No pude colgar el teléfono. Perdí el conocimiento y caí a la poceta de la ducha dándome golpes contra las paredes, la cerámica que aguanta el papel higiénico y el propio inodoro.

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Sé que no vi luces blancas, intensas, brillantes, ni familiares fallecidos ni gente a mi alrededor como se supone que los semi-muertos ven antes de que les regrese la vida y el conocimiento. Solo recuerdo una falta absoluta de claridad; una oscuridad imperiosa, un silencio sepulcral. En ese sopor entre la vida y la muerte, de repente escuché de muy lejos mi nombre; me repetían el nombre y se acercaban más cada vez hasta que oía que me llamaban a gritos y aunque me parecía que había pasado mucho tiempo entre la primera vez que lo oí a larguísima distancia y esta última vez que me hizo abrir los ojos, pude ver ante mí la cara de desesperación de Raquel. Ese día, de pura casualidad se había atrasado y en vez de irse a su hora se había quedado el tiempo suficiente para encontrarme sin conocimiento en el baño, sin ropa, defecado y empapado. Es curioso como aún al borde de la muerte y dentro de la confusión me moría más de la vergüenza que del ataque cardíaco.

Al recobrar el conocimiento me vi con el pantalón en los tobillos, sucio, hediondo por la reacción fisiológica del cuerpo cuando los esfínteres se relajan y el cuerpo todo lo excreta. Sentí como el bochorno me cubrió el rostro de rojo y al ver que la señora había ido volando a abrir la puerta, en diez segundos atiné a abrir la ducha, dejar la ropa en el piso del baño, secarme, y vestirme de limpio antes de irme a sentar de mi propio esfuerzo a la sala de mi casa para esperar el auxilio.

En los pocos minutos que transcurrieron, sentado en el sofá perdí el conocimiento varias veces. Me hablaban los del cuerpo de bomberos y me habilitaban para hacerme un electrocardiograma, pegarme un parche gigantesco en el medio del pecho por si entraba en fibrilación el corazón y tenían que administrarme un choque eléctrico con un desfibrilador, me encontraban la vena para ponerme un suero y me hacían mil preguntas para mantenerme despierto. De mi billetera Raquel tomó las tarjetas de identificación que suministran los datos pertinentes para completar los formularios debidamente, número de seguro social, compañía de seguros médicos, número de la póliza, todo, antes de montarme en la ambulancia. Con gran rapidez se completó el papeleo en menos de cinco o seis minutos. Me acostaron entre cuatro en la camilla, me rodaron de la puerta de mi casa a la ambulancia y me llevaron semi-consciente a gran velocidad al hospital más cercano–a unos seis o siete minutos con la sirena puesta y los muchachos suministrándole datos que leían de las líneas del cardiograma por teléfono al cuerpo de emergencias que me esperaba cuando se estacionó la ambulancia. Con rapidez me desmontaron y me empujaron, cruzando el umbral de puertas automáticas hasta el salón de emergencias a pocos metros de la entrada, a la derecha.

Me recibieron ocho personas enmascaradas todas en azul vestidas de pie a cabeza. Me pidieron permiso para cortar con tijeras la camiseta que me acababa de poner a penas un cuarto de hora antes. Me quitaron el pantalón, los zapatos y lo echaron todo en un bolso. Todo esto mientras el cardiólogo se identificaba y una enfermera me hacía preguntas para rellenar el formulario donde había que indicar que yo consentía el ponerme transfusiones de sangre si fuera necesario. Entre consciente e inconsciente les dije que tenían todos los permisos necesarios para salvarme la vida y les di las gracias antes de perder el conocimiento una vez más.

Lo recobré de nuevo cuando empujaban la camilla corriendo por los pasillos del hospital; las lámparas de luz fría se deslizaban rápidamente sobre mí, las puertas magnéticas se abrían al acercarnos, hablaban los enmascarados con caretas azules dando órdenes de apresurarse. Delante de un elevador se abrieron las puertas, alguien detrás de mí ordenó con apremio marcar el número tres. Se abrieron las puertas del ascensor directamente dentro del salón de operaciones. Pantallas rodeaban la camilla en el centro del salón. Comenzaron a afeitarme la ingle. El cirujano dio orden de parar e indicó que entraba por el brazo derecho. Con algodones cargados de un líquido anaranjado me frotaron la muñeca derecha y sentí el pinchazo.

Volví a perder el conocimiento y al recobrarlo segundos más tarde sentía que cintas elásticas me sujetaban el brazo para inmovilizarlo sobre una tabla que salía por el lado derecho de la mesa . Sentí como el catéter subía por la vena. Supongo que me dieron anestesia suficiente para insensibilizar el área pero quedaba la sensación de un catéter avanzando por la vena. Podía mirarle la cara al cirujano, concentrado, dedicado a demostrar su habilidad y resuelto a salvarme la vida. De repente me pidió que respirara profundamente y aguantara la respiración hasta que él me dijera. Así hice y oí su permiso para soltar el aire. Una vez más oí la orden de respirar profundo y aguantar. De nuevo obedecí. Con la instrucción de soltar el aire escuché el júbilo de todos los presentes cuando vieron en la pantalla la explosión del coágulo disuelto y la sangre fluyendo ya con normalidad por la coronaria derecha. Me anunció con voz clara y segura el cirujano que había rebasado el infarto. Una vez más caí en un trance dormido.

No sé si readquirí la consciencia una hora más tarde o tres. Perdí noción del tiempo. Al despertar, me encontré ante una simpatiquísima cubanita enfermera del salón de recuperación cardíaca. No sé si es que era genuinamente chistosa y de buen humor o si el verme vivo me la hizo simpática. Solo sé que respiré profundamente. Pedí agua. Me la trajo y de repente vi a mi alrededor a dos de mis primos y tres de mis amigos que estaban allí para dejarme saber que me acompañaban. A lo que creo que fueron quince minutos llegó otra prima mía que salió del trabajo para irme a ver. Como media hora después llegó un matrimonio amigo. Por último, como a la hora llegó la mayor de mis hijas con su marido. Por su llegada puedo calcular que llevaba al menos tres horas y media ya en el hospital. Ellos viven a esa distancia por carretera.

La enfermera explicó que no era costumbre dejar pasar a esa sala de recuperación tanta visita, que generalmente era una sola persona, pero que como yo era el único paciente en ese momento, no me iban a llamar la atención por llenar el salón de visitantes. Les pregunté cómo se habían enterado con tanta rapidez. Me explicaron que mi madre los había llamado para darles la noticia y les rogó que fueran a verme para que le pudieran informar cómo me veían. No me sorprendí. Es su costumbre.

Llegó el marido de una de mis primas. Mis otras hijas estaban con sus maridos y mi nieto de vacaciones por el 4 de julio en las Bahamas en una de las islas remotas sin conexión aérea. Llegó la hermana enfermera de una amiga de mi hija, la más pequeña, que la había llamado para pedirle que me ubicara en el hospital. Luego llegó la hermana de esa enfermera, la amiga de mi hija con su marido y su bebito.

Llamé por teléfono a mi madre para calmarle los nervios. Hablé por teléfono con mis hijas que pudieron establecer la conexión telefónica. Sobreviví el infarto. Estaba rodeado de cariño.

Tenía que hacer consciencia del evento, evaluar lo ocurrido y tomar medidas para evitar la reincidencia. Ya eso será tema de otro blog. Gracias por su tiempo.

About Francisco

Born in Cuba; political exile; American by choice; polyglot; father of four, grandfather of two; occupationally semi-retired; reader; writer; lover of mankind and nature; searcher of truths; hungry for wisdom; open-minded; romantic realist; critical thinker, enemy of despotism, government abuse, and inequality; believer and faithful; social liberal, fiscal conservative; in a quest to unmask the hypocrisy and the corruption enslaving overwhelming numbers of God's creatures around the world.
This entry was posted in General, Health, Something Else. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *